Las piedras, en su milenaria paciencia, han decidido alzar la voz. Después de siglos de silencio forzado, están hartas de ser arrojadas al mar sin su consentimiento. Nadie parece considerar que, aunque resistentes, no saben nadar, y cada caída hacia el agua representa para ellas un momento de auténtico pánico existencial.
“¿Por qué nosotros?”, se preguntan. “¿Por qué esta obsesión humana con lanzarnos como si fuéramos proyectiles emocionales?”. Las piedras no son parte del deporte acuático ni accesorios terapéuticos para liberar estrés ajeno. Son seres tranquilos, amantes del suelo firme, defensoras del descanso horizontal y enemigas juradas de las olas inesperadas.
Por eso, hoy exigen respeto. Exigen que antes de aventarlas, se les pregunte su opinión. Que se reconozca su derecho fundamental a permanecer en tierra firme. Y que la humanidad entienda, de una vez por todas, que las piedras no flotan, no bucean y definitivamente no vinieron al mundo para ser arrojadas al mar como si fuera su destino natural.